Circulo

Círculo

Que la verdad sea dicha
y Salem vuelva a recibir a sus muertos,
que la serpiente se trague su cola
y empiece el ciclo de nuevo

Que la inconsistencia del veneno devuelva medicina.
Que el sacrilegio me baste para desnudarme
Irme lejos de mis pupilas,
lejos de mis abrazos.

La muerte amanece,
Y me grita mi regalo
un autodestierro
demacrado

DEL ESCRITOR (II)

DEL ESCRITOR (II)

YO escribo para que me miren, para que me reconozcan como un ser útil en la sociedad. Escribo para tener felicidad a través del dinero; les digo a los demás que tengo un título que me acredita como un soplapollas ilustrado. Escribo bajo la moda de lo conveniente, menciono al sádico como un héroe en el presente y desmiento al pasado si se me es encargado. Mis dedos se mueven con premura frente al computador transcribiendo la entrevista que le hice al pordiosero: las masas se conmueven y lloran viendo pornomiseria. Escribo las respuestas de un gurú cuando le preguntan por la vida y todos sus teoremas; soy un iluminado. Me aclaman según la revista de la R-mayúscula y mi libro Best(ia)-Seller(ado) del momento se ha vendido en 12 países.
Con mi escritura, cambio sus vidas patéticas, creo toda una dictadura contenida en manual de autoayuda. Releo a mis escritores fantasmas y firmo sus pequeños cheques/migajas. Finalmente soy reconocido… R-E-CONOCIDO. A través de la escritura voy a ser el gran emperador de vuestros ojos, el hombre inmortal que gira las letras para saciar su ego. Pueden asustarse, esto está pasando.

Cruce de camino (VI)

Cruce de camino (VI)


He descubierto que el diablo no solo me visita a mí, sino que nos visita a todos, en las noches, mientras dormimos; nos susurra y nos advierte lo bien que debemos portarnos como buenos hijos de él. Nos ayuda a cumplir nuestros deseos aunque lo invoquemos con rosarios y rezos. Nos entrega la felicidad que engendra el odio y el descanso del trasbocar.

Cuando estoy muy mal, lo he descubierto muy cerquita de mi vida, se encarna en piel femenina y me hace vivir nuevamente, quitarme los ojos de muerto que generalmente llevo y reflejar alegría en mis pupilas. Y justo cuando estoy muy arriba, muy colocado y drogado de la vida, se va para que lo extrañe hasta que vuelva a aparecer en otro cuerpo, con otro pecado, con otro vicio...

DEL ESCRITOR (I)

DEL ESCRITOR (I)

De mis tildes, puntos y demás objetos de esclarecimiento al escribir, no sé nada; todos se fueron corriendo para dejarme en esta posición tan dubitativa como es el no saber en dónde hacer el acento. Fui quedándome sin orto-grafía gracias a mi condición de bisapiosexual y hoy en día me duele la gramática de tanta Sementica. Me dejé llevar una y otra y otra y otra vez por la repetición de mis comillas, y ahora ni (el paréntesis que había conservado en mi vida) me salva de andar con suma cursiva. Dejé la negrita marcada, y me resalté con ilusiones hasta entender que el corrector de estilo vivi-omatico me detesta, pues en todo lo que me conforma, aparece una raya roja cruzando mi vida.

Bitacora Corporal

Bitácora Corporal


Mi cuerpo me duele, las cicatrices. Este fin de semana anduve en la calle buscando riña y polvo blanco, obtuve las dos y mi cuerpo me duele. Ayer no dormí, hoy no puedo hacerlo. Mis ojos se ven igual de muertos que siempre, mis labios están rotos y mi cabeza me duele, junto con el cuerpo. No sé cuanto tiempo voy a estar en este lugar, cuanto dejaré pasar para que todo no duela, para que nada duela. La fragilidad es una mierda, va volviéndose un buen aturdidor y propone miedo cuando alguien se acerca. Cuando no quiero más, solo puedo pensar en el polvo blanco. Cuando quiero más, solo leo y me doy cuenta que ando roto y que no puedo amarme a pesar de intentarlo. Entonces me voy a buscar una mujer y trato de amarla, para no amarme, para dejarme seco y sin vida, con los mismos ojos muertos que llevo, con las cicatrices en el cuerpo que duele, mi cuerpo.

La llave de plata – Lovecraft (Apuntes)

La llave de plata – Lovecraft (Apuntes)

Había desaparecido el encanto, y había olvidado que toda la vida no es más que un conjunto de imágenes existentes en nuestro cerebro, sin que se dé diferencia alguna entre las que nacen de las cosas reales y las engendradas por sueños que sólo tienen lugar en la intimidad, ni ningún motivo para considerar las unas por encima de las otras.


La costumbre le había atiborrado los oídos con un respeto supersticioso por todo lo que es tangible y existe físicamente. Los sabios le habían dicho que sus ingenuas figuraciones eran insulsas y pueriles, y más absurdas aún, puesto que los soñadores se empeñan en considerarlas llenas de sentido e intención, mientras el ciego universo va dando vueltas sin objeto, de la nada a las cosas, y de las cosas a la nada otra vez, sin preocuparse ni interesarse por la existencia ni por las súplicas de unos espíritus fugaces que brillan y se consumen como una chispa efímera en la oscuridad


Le habían encadenado a las cosas de la realidad, y luego le habían explicado el funcionamiento de esas cosas, hasta que todo misterio hubo desaparecido del mundo. Cuando se lamentó y sintió deseos imperiosos de huir a las regiones crepusculares donde la magia moldeaba hasta los más pequeños detalles de la vida, y convertía sus meras asociaciones mentales en paisaje de asombrosa e inextinguible delicia, le encauzaron en cambio hacia los últimos prodigios de la ciencia, invitándole a descubrir lo maravilloso en los vórtices del átomo y el misterio en las dimensiones del cielo. Y cuando hubo fracasado, y no encontró lo que buscaba en un terreno donde todo era conocido y susceptible de medida según leyes concretas, le dijeron que le faltaba imaginación y que no estaba maduro todavía, ya que prefería la ilusión de los sueños al mundo de nuestra creación física.


Otras veces miraba con ironía los principios con los cuales le habían enseñado a combatir la extravagancia y artificiosidad de los sueños; porque él veía que la vida diaria de nuestro mundo es en todo igual de extravagante y artificiosa, y muchísimo menos valiosa a este respecto, debido a su escasa belleza y a su estúpida obstinación en no querer admitir su propia falta de razones y propósitos.


Pero cuando comenzó a estudiar a los filósofos que habían derribado los viejos mitos, los encontró aún más detestables que quienes los habían respetado. No sabían esos filósofos que la belleza estriba en la armonía, y que el encanto de la vida no obedece a regla alguna en este cosmos sin objeto, sino únicamente a su consonancia con los sueños y los sentimientos que han modelado ciegamente nuestras pequeñas esferas a partir del caos. No veían que el bien y el mal, y la felicidad y la belleza, son únicamente productos ornamentales de nuestro punto de vista, que su único valor reside en su relación con lo que por azar pensaron y sintieron nuestros padres; y que sus características, aun las más sutiles, son diferentes en cada raza y en cada cultura. En cambio, negaban todas estas cosas rotundamente, o las explicaban mediante los instintos vagos y primitivos que todos compartimos con las bestias y los patanes; de este modo, sus vidas se arrastraban penosamente por el dolor, la fealdad y el desequilibrio; aunque, eso sí, henchidas del ridículo orgullo de haber escapado de un mundo que en realidad no era menos sólido que el que ahora les sostenía. Lo único que habían hecho era cambiar los falsos dioses del temor y de la fe ciega por los de la licencia y de la anarquía.


Pero estos horrores sólo le llevaron hasta los límites de la realidad; y no pudiendo traspasarlos, no llegó a la auténtica región de los sueños por la que él había vagado durante su juventud. De este modo, cuando cumplió los cincuenta años, perdió toda esperanza de paz o de felicidad, en un mundo demasiado atareado para percibir la belleza y demasiado intelectual para tolerar los sueños.